LA CRISIS DE REPRESENTACIÓN DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS
La crisis de representación que vienen sufriendo los argentinos se viene prolongando en el tiempo, y alcanzó su pico máximo cuando en el año 2001 la gente salió a la calle con sus cacerolas a pedir que se vayan todos. Esta irrupción de los ciudadanos en los espacios públicos, las asambleas barriales, las sucesivas marchas. Dejan en claro el malestar general y el descontento con los políticos. Es de destacar que estas expresiones ciudadanas por fuera de los canales convencionales de intermediación política coincidieron con una ratificación del aprecio por el sistema democrático. Las encuestas realizadas durante esos días de agitación política permitieron comprobar que la aprobación de la democracia aumentó del 58% registrado a principios de 2001 al 65% en 2002. La democracia a partir de 1983, durante la transición de la salida del régimen autoritario, se fue fortaleciendo día a día, y los ciudadanos por ese entonces confiaban plenamente en su pleno desarrollo. En el presente esa confianza se ha desvanecido, estamos lejos de alcanzar una democracia real. Ya que en la práctica el ciudadano está lejos de la participación en la Realpolitik. Los manejos de la política en las altas esferas del poder se decide en una mesa chica, muchas veces con acuerdos de otros sectores de la política. Esto siempre sucede a espalda del pueblo, por lo que la calidad y democratización de las instituciones, dejan mucho que desear.
La democracia representativa o indirecta, muestra sus falencias, cuando realmente la representación se traduce en intereses propios o partidarios, y no del conjunto. El ciudadano dejó de sentirse representado, la falta de credibilidad hacia los políticos alcanza sus niveles más altos de los últimos 18 años. Dos son las dimensiones que convergen en torno de la idea de representación política. En la primera, la representación política es vista en términos de su capacidad para reproducir los rasgos de la sociedad en la que se despliega. Más específicamente, esta dimensión coloca el acento en la función representativa de los partidos políticos y, por consiguiente, en la vinculación partido-sociedad. La crisis aquí sobreviene con la ruptura de ese vínculo y se traduce en la dificultad de los partidos políticos para agregar y articular los intereses sociales. En la segunda dimensión, la representación política es concebida en términos de la acción y está referida al desempeño en el cargo de quienes han sido investidos de la representación. Desde este ángulo la representación política remite a la relación partido-gobierno y comporta un problema de ejercicio del poder de decisión. La crisis ocurre cuando las decisiones que adoptan los representantes en el marco de ese ejercicio gestionan deficientemente los intereses sociales que les han sido confiados.
Lamentablemente la gente es engañada una y otra vez con promesas de campaña electoral que nunca se materializan. Esto lleva a que gran parte de la sociedad opte por no ir a votar, que deje de creer en los partidos políticos y sus actores. Y además no se involucre en política. Los escándalos de corrupción en el parlamento, políticos que se pasan de un partido a otro y traicionan su doctrina de origen. Han agravado esta crisis de representación. Revertir este proceso que se viene dando desde hace varias décadas va a ser una tarea compleja para quienes deseen participar de la política y aspirar a cargos públicos. Derribar la vieja práctica de hacer política con todos los vicios que ella trae, es un trabajo para valientes, pero no imposible. Se trata de recuperar la credibilidad de la sociedad en la política, como herramienta transformadora de la realidad. Y se trata de modificar las malas viejas prácticas de la política y mostrar transparencia. La política como herramienta para servir y no para servirse a sí mismo. Estos son los desafíos que se deben encarar desde la Ciencia Política, para poder ir hacia un mejor futuro para el país. Con mejor calidad de las instituciones, con más democratización, y mejores respuestas a las necesidades de la gente. En la Realpolitik el ciudadano de a pie queda afuera de todas las decisiones políticas, y además sus representantes no le rinden cuenta de su gestión, ni del dinero público que manejan. Entonces será hora de pasar a una democracia más directa, donde los ciudadanos tengan participación como fiscalizadores de sus representantes, y puedan intervenir en las decisiones políticas importantes, que no son otra cosa que los intereses del conjunto.

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